Diario de intemperie
Reposaba en el umbral de la casa, adherida a la humedad de la pared, encima de la canilla del agua, debajo de donde la golondrina había construido con su nido el verano. Semejaba un antifaz, un guante, una prenda íntima de encaje. Miré una calavera labrada sobre el polvo viscoso de cada ala. No representaba el “ala de mosca” de los vestidos de novia, sino la seda de un lascivo ataúd. Insecto frío y perezoso, aunque dotado de inusitada agilidad: su letargo duró una sola noche. Dos o tres días después de que se marchara, en el otoño de 1970, supimos que en Monterrey había fallecido mi abuelo.